abril 1

Yoga ¿práctica física o espiritual? ¿religión o gimnasia?

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Nací en una familia católica y crecí en un colegio de Jesuítas.

Desde muy temprana edad, mis familiares y maestros fomentaron en mí un sentimiento devocional hacia el corazón de Jesús, La Virgen María y el Espíritu Santo y esta devoción encajó perfecto con mi carácter de niña que amaba cantarle a la Virgen por las mañanas antes de entrar a las aulas.  Aunque desde temprano supe contrastar aquella doctrinas con lo que me decía mi lógica, aunque pude enfocar la religión católica con una visión crítica y entender y aceptar la existencia de diversas creencias, la devoción es un sentimiento muy personal del cual gozo desde que soy muy niña.

Tal como me enseñaron, oraba cada noche antes de dormir. Con oraciones aprendidas, o conversando con La Madre, como me enseñaron en el Colegio, nunca fue algo que hice por obligación, al contrario era una de mis partes favoritas del día. Recuerdo que, pequeña como era, alguna vez me acostaba y me arropaba alistándome para dormir y de pronto, «olvidé mis oraciones» pensaba  y sentía la necesidad de ajustar mi postura, sentarme, y juntar mis palmas. Si iba a hablar con el Padre o la Madre, no podía hacerlo en cualquier forma.  Mi intuición me decía que debía alinear mi cuerpo para ello.

Mis primeras aproximaciones a la práctica de yoga fueron en un estudio con enfoque netamente de fitness.  Nada de oms, nada de mantras, nada de palabras emotivas y cero sánscrito. No supe que esas cosas eran también parte de la práctica hasta casi un año después cuando probé practicar en un nuevo espacio. Aún así, recuerdo que mi vida cambió rotundamente, pues desde las primeras clases, el yoga caló profundo en mi cuerpo y en mi mente. Me hizo despertar a la conciencia de qué es lo que  estaba diciéndole al mundo con mi cuerpo. Aunque no iba a misa cada domingo,  algún domingo acompañaba mi abuela a la misa y sentir demasiadas ganas de quitarme los zapatos y sentarme en el suelo, como en el Yoga. 

Mi familia, especialmente algunos tíos y mi abuela, los católicos más practicantes, no dejaban de estar alerta a que yo no me «saliera por el carril». Un día, en la cocina de casa de mi abuela, se me salió decir «Om Namah Shivaya» – era una época en que estaba fascinada con los mantras y practicaba pronunciarlos todo el día- y todos abrieron los ojos asombrados sin saber si era preocupante, o no, que yo estuviese tan metida en el mundillo del yoga. 

Estudiar Literatura como carrera universitaria, me ha otorgado una visión simbólica de la vida. Tantos años estudiando las palabras, los discursos, los significados y los significantes, amoldaron mi mente a una visión objetiva que me permite acercarme a cualquier religión con fascinación. Puedo reconocer cómo las imágenes simbolizan cosas que están más allá de las imágenes y encuentro en la cosmogonía hinduísta una riqueza literaria muy inspiradora. Reconozco que la riqueza de símbolos y la variedad de referentes que ofrecen muchas religiones conforman un espectro mucho más amplio que la Trinidad Cristiana e incluso considero, la variedad de historias y anécdotas inagotables de los relatos de dioses hinduistas verdaderos manjares para nutrir el alma, bueno, como en el resto de la literatura. 

Sin embargo, a mi entender, la práctica de yoga es, antes que otra cosa,  una práctica física, como la danza o la gimnasia. Puede resultar, como me pasó a mí, que el proceso de ejecución y alineación de las secuencias y posturas despierten en quien la practica sentimientos devocionales porque, a diferencia de otras prácticas con el cuerpo, muchas posturas de yoga, evocan un sentimiento de unión y de adoración a algo más grande. Y,  cómo iba a ser de otra manera?, si en India, todo lo que hacen, está dedicado a la divinidad, no iba a dejar de estarlo esta gimnasia que fortalecía y flexibilizaba los cuerpos. Pero, el yoga puede prescindir completamente, según mi entender – y sé que algunos colegas practicantes se pueden estar en desacuerdo conmigo- de la imagen de Ganesha, de Shiva, Rama, Krishna o cualquiera de las fabulosas representaciones arquetípicas de la religión hinduista, y seguir siendo yoga. Porque la práctica de yoga en su esencia, no es una práctica religiosa, es una práctica físca-mental,  que, por su carácter introspectivo, puede conectarte con un espacio dentro de ti donde habita, también el sentimiento religioso y exaltarlo. 

Recuerdo que cuando fui a India, estaba enamorada de muchos mantras y solía cantarlos con mis melodías occidentales, así como los aprendí. Al llegar a Rishikesh y escuchar los mantras por los altavoces y ver la ciudad repleta de hombres de la calle orando como locos, sean vagabundos o  Rishis (hombres sabios), tuve un impacto muy fuerte que me hizo encerrarme en mi habitación por dos días y por las noches, en vez de pronunciar el Om Gam Ganapatayé Namahá, como algunas veces hacía, necesité rescatar el Ave María y Angel de la guarda que pronunciaba cuando era niña, para sentir paz. Vivir la cultura hinduista desde dentro me impactó y reboté con fuerza hacia las creencias recibidas en el espacio donde nací. Claro, con el tiempo en Rishikesh, pasó el Shock pero nunca olvidaré el contraste y la impresión de comprender que aquellas cosas eran muy diferentes a como yo las había interpretado y que, en realidad, nunca sería capaz de entenderlas porque siempre las vería desde mi visión de mujer-occidental-católica, por mucho que abriera mi mente.

En mi espacio de yoga, Ekam Yoga, tengo una imagen de La Moreneta,  pero la tengo para mí. He preferido eximir mi espacio de imágenes y dioses hinduistas y dejar la práctica de yoga hablar por sí misma en el lenguaje del cuerpo y que desde allí haga lo que tenga que hacer con cada persona. Enciendo incienso porque su aroma me calma y porque, como decía mi maestra Centit «perfuma el aire por donde viaja el pensamiento». Los mantras que enseño y que pronuncio, los he analizado e interpretado como una Licenciada en Letras que soy y los comparto porque su significado y sibre todo la armonía de su pronunciación, es potentemente sanador y armonizador. Mi práctica personal es un despliegue de oraciones, pero porque yo soy así, porque es allí donde encuentro motivación y siento un profundo sentimiento devocional por lo divino. Pero no tengo la intención de que pase lo mismo con cada practicante que vienen a mi estudio, son cosas muy personales.  Pronunciamos OMs y adoro la vibración y el eco cristalino que deja en mi espacio interno y muchas siempre invoco las cualidades de la Gran Madre para que acompañen mi enseñanza, humildad, entrega, cuidados, ternura, compasión,  pero eso solo lo sé yo, se lo pido en secreto, cuando estamos a solas.

En definitiva, para mí, el yoga no es una religión ni un tipo de religión. Ni siquiera es una «práctica espiritual» como dicen tanto. Yoga es  una práctica física y  desde el cuerpo, cada cual que vaya  encontrando niveles mas sutiles de sí mismo, o no. Pero eso sí,  si alguna vez practicando Yoga sientes que Dios está dentro de ti, tendrás una experiencia maravillosa. Pero, ahí, ya yo no me meto. Por eso me gusta decir, yo te enseño yoga, pero quien te enseña no soy yo, es el yoga quien lo hace.

 Gracias por acompañarme hasta aquí.

Me encantará leer tus comentarios!



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